A medida que la Guerra Civil Estadounidense se prolongaba, ambos bandos recurrieron al reclutamiento obligatorio. Según la ley confederada, un reclutado podía evitar el servicio contratando a otro hombre para que lo reemplazara; en su mayoría, alguien menor o mayor que la edad requerida. Generalmente, el «principal» (como se llamaba al que evadía el reclutamiento) pagaba una tarifa al gobierno y una suma grande a su sustituto. Solo los ricos podían costear un reemplazo.

El apóstol Pablo escribe sobre una guerra espiritual cósmica, donde «todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23) y «la paga del pecado es muerte» (6:23). No había cláusula ni escapatoria que permitiera que los que tenían «recursos» evitaran el juicio. Pero ¿y si hubiera un sustituto para todos nosotros? El autor de Hebreos alaba a Dios quien, en su infinita misericordia, envió a Jesús para ser nuestro sustituto: cargar con el castigo que merecía nuestro pecado y pagar nuestra deuda «mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre», de modo que fuéramos «santificados» (Hebreos 10:10).

Esta es la buena noticia. Cristo murió por ti y por mí; el sustituto tomó nuestro lugar. Ahora somos más que simples sobrevivientes de la guerra: nos convertimos en hijos de Dios.

De:  John Blase

Reflexiona y ora

¿Cómo te hace sentir comprender que Jesús murió en tu lugar? ¿Cómo podrías explicarle esta buena noticia a algún amigo?
Jesús, te alabo por ser mi sustituto.